Wednesday, October 12, 2005

No aprendimos las lecciones de Mitch

Alberto L. Alemán Aguirre

Contemplar las imágenes televisivas o las fotos de las agencias internacionales de la tragedia que se desarrolla en El Salvador, Guatemala y México, me forzaron a evocar los terribles días del huracán Mitch, cuando el monstruo más grande del último medio siglo azotó y sembró la muerte en Centroamérica.

Los recuerdos de aquella “megacatástrofe” están aún frescos sobre todo en Honduras y Nicaragua, los países más atormentados por ese demonio.

Ahora, el verdugo se llama Stan. Es asombrosa la magnitud de la letalidad de un fenómeno que es apenas una tormenta tropical. Hasta anoche, se reportaban ya casi 250 muertos en 4 países y prácticamente un cuarto de millón de evacuados. Las pérdidas, sólo en El Salvador, llegaban a unos 150 millones de dólares. Afortunadamente, Nicaragua no ha sufrido mucha destrucción, aunque cabe lamentar 11 muertes. Más de mil personas fueron evacuadas, una cifra muy baja en comparación con las de El Salvador, Guatemala y México.

En 1998, Mitch dejó más de 10,000 muertos y centenares de miles de damnificados, recuerdos de espanto y daños psicológicos que perdurarán toda la vida de quienes sobrevivieron para contarlo.

Fallaron entonces los sistemas de alerta, se evidenció las deficiencias organizativas, la ausencia de una política racional de urbanismo y vivienda, la falta absoluta de preparación y de recursos de los Estados y la sociedad.

Amargamente, podemos constatar evidentemente que Centroamérica no aprende aún las lecciones del Mitch. Muchas de las muertes podrían haberse evitado, con seguridad.

Una de las más trágicas similitudes de ambos casos es que la inmensa mayoría de los afectados — muertos, heridos, desaparecidos o damnificados—, son habitantes de pobres barrios urbanos o de remotas comarcas campesinas.

Vivían en sitios sin una adecuada planificación urbana o simplemente peligrosos, donde crecidas de un río o aludes eran más que posibles, y, no obstante se han empecinado por quedarse. O simplemente, no tenían a dónde más marcharse.

Así, una vez más es impactante el vínculo de la pobreza con la tragedia, como uno de los factores que la favorecen o la potencian.

Cito un fragmento de un reportaje del diario mexicano La Jornada que encontré en internet:

“Con la remoción de los escombros y los primeros diagnósticos sobre los daños causados por el huracán Mitch, se comprueba que las torrenciales lluvias y las rachas de viento descubrieron la pobreza y la miseria extrema en que viven millones de familias en Centroamérica. Esas condiciones precarias propiciaron que la naturaleza se ensañara en quienes pocas posibilidades tenían de huir de un destino marcado de antemano para la tragedia.

“En efecto, las primeras evaluaciones de lo ocurrido, muestran la indolencia y la tolerancia de las autoridades al permitir los asentamientos humanos en sitios que no reunían las mínimas condiciones de seguridad y expuestos a las variaciones climáticas y los fenómenos naturales. Cientos de miles de familias habilitaron sus precarias viviendas en las laderas de cerros erosionados, las riberas de los ríos o cañadas azolvadas. Carentes de una parcela o de recursos para edificar sus casas en sitios adecuados, florecieron como hongos los asentamientos sin las mínimas condiciones de seguridad ni los servicios necesarios. Nadie hizo nada para impedirlo”.

Ese trabajo fue escrito en... noviembre de 1998, unos días tras el paso de Mitch. Podría estar describiendo lo que acaba de pasar.

Es aún temprano para entender bien si las autoridades reaccionaron o no a tiempo, si atendieron las alertas tempranas o si las órdenes de evacuación fueron oportunas. Al parecer, la reacción fue lenta.

Ya suenan las críticas en El Salvador, pero éstas tienen una connotación política. No se trata de eso aquí.

Sí es evidente que en Guatemala el gobierno no se dio cuenta de la gravedad de la situación sino hasta el miércoles, cuando el presidente Oscar Berger declaró al fin el Estado de Calamidad Pública. Un día antes, aún no veía la necesidad de hacerlo. Según se sabe, en el departamento de Sololá , en una zona rural, un alud de lodo enterró a decenas de personas y hay 800 perdidas. Los días futuros nos darán un cuadro de verdadero horror. Los llamados de evacuar de Berger llegaron demasiado tarde.

Sí se pudo haber hecho mucho más y más temprano. Se debió obligar a los habitantes de zonas peligrosas a abandonarlas; se debió tener planes de contingencia, pero parece que son inexistentes .

En el fondo, es muy visible que la recurrencia de estas catástrofes humanas están ligadas estrechamente a la pobreza, a la falta de educación de la sociedad, a la falta de oportunidades, a la baja calidad de vida.

A las fuerzas indomables e imprevisibles de la naturaleza, se suman los huracanes sociales de la miseria y la carencia del desarrollo social, económico y humano. Fallas por las cuales sólo podemos culpar a nosotros mismos.
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La Prensa Nicaragüense

http://www.laprensa.com.ni/elmundo/elmundo-20051007-08.html

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